lunes, 13 de abril de 2009
Comienza la función y yo me doy cuenta que no se actuar, que la comedia sátira no es mi fuerte y que el querer interpretar un papel no es lo mío, y ¿como interpretar algo si nunca he sido actor?, subí al escenario y ahora no sé como bajar, alguien opina que debería interpretar al malo, y alguien más comenta que el papel de bueno me favorece, pero... y si fuera el cómico, y otra voz dice; ¡no! tal vez deba ser algún actor que su papel es de mínima importancia. Sin querer me metí en aquella comedia, y el resultado fue catastrófico, como actuar si nunca lo he hecho, como no involucrar tu ser si no sabes distinguir que solo es parte de una escena, y como no enamorarte de aquella princesa, que es perfecta ante los ojos de cualquiera, puesto que para interpretar cualquier papel se necesita esfuerzo y previa dedicación, y en la escena final no logré esquivar la llaga y caló directo al corazón, destrozándolo sin dejar rastros ni gota de lo que fue.
Mi boleto tenía la leyenda de expectador, yo corrí el riesgo y sólo queda asumir las consecuencias de tan irresponsable conducta. Morir siendo un actor ante el fracaso, pues la ovación nunca llegó, y el público jamás aplaudió.
Y en el último aliento acierto a preguntar ¿y si hubiera sido tan sólo un expectador?.
Creo que la próxima obra será mejor.
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